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jueves, 6 de junio de 2013

Posted by Ródenas 50 Aniversario On 6.6.13


50 AÑOS DEL COLEGIO RÓDENAS,  MÁS DE 50 AÑOS LOS MÍOS

Fueron los primeros años de este Colegio, entonces las Escuelas Nuevas, también los míos.
Si apenas puedo memorizar aquel primer babi  con el que acudí a la escuela, no parece fácil, tras medio siglo, tener presente tantas vivencias. Sin embargo  sé que...a  poco que me esfuerce, acudirán a mi mente muchos momentos que parecían borrados.
Hay algo que inevitablemente tiene que estar presente en cualquiera de mis recuerdos, es la música. Añoro con especial ilusión una antigua radio, a través de la que llegaban otras palabras, otras melodías, que no entendía pero que me gustaban..

La clase que estuve en párvulos, primera planta al fondo del pasillo, terraza con vistas al Paseo de la Murta, donde la acequia transcurría justo al frente. En aquella terraza tuvimos gusanos de seda, los cuidábamos y  éramos testigos de su proceso de crecimiento y transformación.
Porque en La Rafa estaba la Estación Sericícola, y más de una tarde de primavera nos llevaban de excursión allí. Aquello me parecía enorme, y el pequeño jardín que tenía en la explanada me resultaba una especie de laberinto. 

La cara de mi primera maestra la recuerdo redonda, alegre y joven. Forzando bastante mi memoria intento que aparezcan ante mí aquellas otras siguientes maestras. Hubo una rubita y de pelo corto. Luego veo  otra completamente diferente, alta, morena y de pelo largo.
¿Alguna secuencia del segundo curso?  Sí, recuerdo una compañera que tuve sólo unos meses, pues cuando dejó de acudir a clase sin acabar el curso, escuchaba decir, “¡que hacía falta en su casa¡”. ¡Me quedó una sensación de incomprensión ya entonces!

Yo  tenía suerte, desde mi familia, se nos animaba  en el aprendizaje. Me gustaba ir a las “Permanencias” , así se llamaban a las clases extraescolares. 
El olor de la escuela es por excelencia el de los libros nuevos; se forraban muy bien, con un papel blanco al principio, más tarde aparecería el forro de plástico. 
El humeante vaho de aquella leche que nos servían directamente desde la cocina. Era obligado tomarnos el vaso de leche caliente a la hora del recreo. Las lecheras grandes de aluminio, con esa leche que llamaban americana,  a mí me gustaba, tanto su olor, como su sabor. Llevábamos el vaso de casa, en una bolsita de tela,

Y el olor a mosto en otoño, eso sí que es algo que está impregnado en mi memoria. La bodega justo al lado del Colegio.  En las casas aún se conservaba la tradición de hacer el arrope.

El pan con vino y azúcar, ese sí que exhalaba vapores!  era la merienda por excelencia.  Sólo a veces, el pan con chocolate.  

La distancia entre mi casa y la escuela era corta, apenas dos esquinas que doblar y poco más. Además en esos tiempos apenas había coches. Pero sí carros, mulas, burros, rebaños de cabras y ovejas atravesando por la mañana y por la tarde las calles.¡Hasta las vacas paseaban por el barrio! 

Este Barrio Nuevo, que en aquellos años 60 no estaba muy desarrollado. Sus calles eran de tierra. En sus viviendas aún no había agua potable ni saneamiento. Guardo con mucha claridad la imagen de unas enormes zanjas abiertas llenas de nieve, aquel invierno que yo hacía tercero, y que nos llevaron a la Calle Leonas a una casa en auténtica ruina, y ahí empezamos el curso, aunque  lo terminamos estrenando el Colegio Artero, que de eso guardo muy bonitos recuerdos, por la orilla de la acequia, las tapias de los patios atiborradas de flores que  asomaban. Todavía debo conservar alguna hoja de aquellas higueras enormes que nos encontrábamos a mitad de camino. 
Comencé la afición de guardar entre las hojas de los libros,  flores y hojas de plantas; algo que he seguido haciendo toda mi vida. Mi maestra este año sí que la recuerdo muy bien, fue Juana.  

Anécdota de este curso sería respecto a mis trabajos de dibujo. He de reconocer mi incapacidad para con el dibujo artístico, así que ¡cuántas veces mi madre se compadecía de mí! y después de verme horas intentándolo y que aquello no lograse parecerse  a nada ”me prestaba su ayuda”.

Y llega el verano, y yo quiero seguir aprendiendo. Me entero que en la escuela hay  clases, y eso es lo que quiero hacer.  Guardo un buen recuerdo de aquel verano, yendo a la escuela todos los días, con D. Juan Puerta.
Volvemos a las Escuelas Nuevas, y en lugar de estudiar cuarto curso, me incluyen en un quinto. El motivo nunca lo supe. Y no fuí  solamente  yo,  claro. ¡“Sería cosa de esos infinitos cambios de planes de estudios…”!Ni más ni menos que con Dª  Laura, toda una institución ya entonces.  Me gustaba aquello de trabajar en grupos.  

Esas otras compañeras que vivían lejos, con las que tenía que hacer trabajos en grupo y por lo tanto había que salir del Barrio Nuevo,  y por fin descubrir ¡tantos libros en la biblioteca!...

Mi hermana cuatro años menor que yo,  con la que en aquel comedor compartimos los macarrones y las salchichas frankfurt  que yo no soportaba y ella más comilona que yo, me hacía el favor de comérselo para que nadie me reprendiera.

Y cómo no, el piano que había en el comedor, y al que ya en años anteriores visitábamos para cantar,  con D. José Sanchis Bosh, maestro de música y director de la Banda Municipal. Ese piano que tanto envidiaba yo. Lo que hubiera dado por aprender entonces! Sí que hago mis primeros intentos de aprender a tocar un instrumento con la guitarra, y con tan mala suerte que el maestro, se nos muere en las vacaciones de Navidad.  Pero que conste que yo me subí al escenario con mi guitarra, y dos notas aprendidas y acompañé el villancico!

Al año siguiente, sexto curso, comenzaría una etapa muy distinta en este Colegio.  Los niños y las niñas, los chicos y las chicas,  por fin irían juntos en la misma clase! Toda una revolución después de la represión que recibíamos constantemente en este aspecto.
Fue cuando el Colegio Antonio García García (Las Escuelas Viejas) y el Colegio Ródenas (Las Escuelas Nuevas) formaron parte del mismo centro escolar denominado Colegio Obispos García-Ródenas. Así pues en sexto y séptimo curso de la E.G.B. estuve en las Escuelas Viejas. Me gustaba ese edificio, esas clases con suelo de madera, y ¡las ventanas tan llenas de sol todo el tiempo!! 

Esa amiga con la que por fín me unía el gusto por la música!  Y ese trabajo sobre la “Revolución Musical” que nosotras pretendíamos realizar para la asignatura de Sociales pero que D. Fulgencio no nos dejó hacer, algo que yo no entendí nunca, por cierto.

El último año, octavo volvimos al edificio del Ródenas, para despedida!   
Aparecen las nuevas amigas con las que seguiría luego hacía otros horizontes, el Bachillerato y también la propia vida.

Profesores de estos años fueron: D. Salvador, D. José Gomez Huertas, D. Fulgencio, Dª Dolores, D. Trinidad, D. Juan,..de Mula,  …otro D. Juan que nos dio francés en octavo, D. Luis, el párroco…..y seguro que alguno me olvido-

Y el final es un sólo día de excursión a los  Chorros del Río Mundo, ese fue nuestro Viaje de Estudios.

Con posterioridad...

En este Colegio he tenido dos etapas más, ya  como madre de alumnos. Con mis dos hijos,  distanciados más de 16 años en el tiempo, lo que me ha permitido volver sobre este Centro Escolar en dos épocas diferentes. Primero en la década de los ochenta, que estuve implicada en la entonces recién iniciada Asociación de Padres, llegando a ser la Presidenta de la misma.  Luego, con mi segundo hijo, ya en este nuevo milenio, he vuelto a frecuentar esta escuela haciendo nuevas y buenas amistades entre otras madres más jóvenes, a las que, con gran satisfacción, veo bastante implicadas en la comunidad educativa.- 

Ahora ya sólo espero volver de nuevo a este Colegio cuando llegue el momento en que sea y ejerza de abuela.


***

DESPEDIDA.

Hay, seguro mucho de nostalgia contenida en todo esto; también, sin duda, toda la esperanza en el camino hacia el futuro, a través de este presente con dosis de desasosiego,  pero con la certidumbre en la gran labor que el equipo de docentes actual del Colegio Ródenas está desempeñando. Y como el lugar de los recuerdos es el pasado, pues es allí dónde tienen que quedarse, ya que pertenecen a quién éramos antes, no a quien somos ahora. Hoy en la era digital, hemos venido a reencontrarnos con compañeros, a los que de otra forma jamás hubiéramos reconocido.

Ahora que ya os he contado la historia, el cuento, el relato..... me falta la poesía.  Poesía que dedico a todos los maestros que han pasado por esta escuela y sobre todo a los que me impartieron clase.



RECUERDO INFANTIL..............

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
"mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón ".

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.

                                           Antonio Machado

***

D.ª Antonia y D.ª Elvira son antiguas alumnas y madres de antiguas alumnas.

martes, 4 de junio de 2013

Posted by Ródenas 50 Aniversario On 4.6.13
No es tarea fácil comenzar a hablar en un acto como el de hoy en el que celebramos el 50 aniversario del Colegio Obispos García-Ródenas, se mezclan en mí muchos sentimientos y recuerdos difíciles de explicar en unas pocas palabras. He de decir que se hace más llevadero con la compañía de Pilar con la que he compartido una historia paralela en la profesión. Ambos fuimos compañeros de pupitre, los dos llegamos a trabajar juntos al colegio e incluso ambos creímos que nuestra vida profesional iría por otro camino y finalmente nos descubrimos estudiando lo mismo. 

No queremos empezar sin antes agradecer a nuestros compañeros que pensaran en nosotros para poder dirigiros unas palabras en nombre de nuestro claustro, para nosotros ha sido un verdadero honor y un privilegio.
He sido alumno durante 11 años y estoy a punto de terminar mi décimo año de trabajo en el colegio como maestro. Me gustaría poder recoger en estas breves palabras, aquellos pensamientos de mis compañeros y rescatar aquellos recuerdos de los que un día pasaron por aquí, dejaron su huella y se forjaron como docentes. 

Es por todos bien sabido que un colegio no dice nada por sí solo, sino es con la comunidad educativa que lo conforma. Un colegio no dice nada a través de sus muros de piedra, un colegio vive, un colegio respira, a través del trabajo incansable de sus maestros y maestras, un colegio crece, ríe y llora con sus alumnos, un colegio mira con esperanza al futuro a través de las familias que unas veces sufriendo y otras con alegría, ven como poco a poco sus ilusiones y sus anhelos van dando sus frutos.

Es así como entendemos la escuela y así como entendemos al Ródenas, un centro que nunca ha dado la espalda a su realidad, que sabe que su riqueza radica en la calidad humana de las gentes que lo conforman, que sabe que su fuerza está en la pluralidad, en el respeto al diferente y en la defensa de lo público como la mejor herramienta para eliminar y disminuir las desigualdades de nuestra sociedad.

Seguro que muchos de vosotros esperabais de estas palabras una colección de recuerdos pasados, de momentos buenos y no tan buenos vividos dentro de las paredes del Ródenas. Empresa difícil de acometer sería para mí si estas palabras de hoy las dedicara a la evocación de ese pasado, para eso tenemos las fotografías, los videos y las numerosas conversaciones, que a cuenta de esta celebración, estamos teniendo estos días.

Desde mi punto de vista y creo que en esto coincidimos muchos de los que estamos hoy aquí, si para algo debe servir esta celebración, es para mirar al futuro sin olvidar ni por un solo momento que nos sustenta la experiencia de nuestros 50 años. Empezamos a escribir una nueva página en la historia de nuestro colegio y debemos escribirla; como dice la canción; haciendo que cada letra sea una semilla de futuro, intentando sacar lo mejor de cada uno, haciendo posible entre todos aquello que el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry decía a través de su Principito: “Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya”. Estos 50 años tienen sentido no por el colegio en sí, sino porque muchos a través de él han dejado una huella imborrable de dignidad y humildad que ha ayudado a muchísimas personas a encontrar su estrella, nosotros somos una pieza más para que los próximos 50 años el faro de nuestro colegio siga encendido. Unas veces la luz será tenue, otras brillará con más fuerza, pero siempre servirá para poder guiar a cada uno hacia su estrella o hacia su camino. 

Muchos colegios cuelgan con honra los nombres de personajes ilustres que han pasado por sus aulas y muestran con orgullo sus logros. El Ródenas se enorgullece en cambio, de la fortaleza de sus alumnos y alumnas para llevar a cabo sus proyectos e ilusiones, se complace  de ser un centro de personas sencillas, que han luchado por conseguir su espacio en el mundo a base de esfuerzo y mucho sacrificio, cada uno desde su trabajo, como agricultor o como alcalde, como abogado o como maestro, como albañil o como ingeniero, a cada uno de los alumnos y alumnas de nuestro colegio se les ilumina una sonrisa cuando dicen: “Yo fui al Ródenas”. 

Una vez más vuelvo a retomar la idea con la que empecé esta intervención, nuestro colegio es lo que hoy es gracias a la sencillez que encierran las personas que han pasado por él, porque es a través de las cosas sencillas como más se reflexiona y más se aprende.
He tenido la suerte de poder estar en este colegio como alumno y como maestro, aquí me he criado y aquí empecé a trabajar. Con más errores que aciertos estoy pasando mis primeros años de docente compartiendo trabajo, preocupaciones, ilusiones, alegrías y tristezas con aquellos que un día fueron mis maestros y he de reconocer que para alguien que se va enamorando día tras día de su trabajo, contar con el apoyo, la experiencia y el criterio de quien lleva más horas de rodaje en la profesión es algo que nunca se podrá agradecer como se merece.

No quiero que estas palabras se conviertan en un recuento de anécdotas personales, no estoy aquí para eso, pero sí me vais a permitir una pequeña licencia ya que no voy a encontrar una ocasión mejor para hacerlo. 
Yo nunca supe que acabaría siendo maestro de primaria y seguro que muchos de mis maestros que hoy están aquí tampoco lo pensaban de mí. He encontrado personas que me han aportado mucho a  lo largo de la vida. He tenido maestros y maestras excepcionales, con algunos he compartido después trabajo: Don Jesús, Don Juan Matías, Don Luís, Don Juan Ángel, pero no puedo irme de aquí, ni puedo concluir mi intervención sin hacer mención a una persona a la que siempre estaré agradecido de todo corazón y a la que siento como mi maestro en toda la extensión de la palabra. 

Me estoy refiriendo a Don Juan Lucas Martínez, no puedo decir que recuerde de él grandes palabras, ni grandes frases como vemos en los maestros que aparecen en las películas, pero sí que tengo muy presente  su manera de trabajar, su ayuda y esfuerzo permanente que le llevaba a quedarse después de las clases con los alumnos que más atrasados íbamos para intentar sacarnos adelante.

En aquel momento no era capaz de darme cuenta,  pero ahora sí puedo decir que aquel maestro que sonreía detrás de su bigote y su imponente voz grave nos enseñó la lección magistral más importante de nuestras vidas: hacer siempre lo que puedas, con lo que tengas y en donde estés, teniendo siempre en cuenta que no hay un gran talento sin una gran fuerza de voluntad. 
Quiero terminar mi intervención retomando una idea anterior; aprovechemos la celebración de este 50 aniversario trabajando en el presente como única manera de forjar un futuro, un futuro de todos y con todos, un futuro, que no sea como decía el poeta Eduardo Galeano “ una piedra muerta, sin tierra, sin agua, sin aire y sin alma”  sino que sea un futuro con el que todos podamos soñar y nos permita seguir construyendo esta gran familia: La familia del Ródenas.

Muchas Gracias.


***


Ya conocéis los caminos que a Raúl y a mí nos condujeron al Ródenas. Fue una gran alegría para ambos encontrarnos, ahora  como maestros, en el mismo colegio en el que un día fuimos alumnos. Tal como él ha descrito, y para no repetirnos mucho más, desde aquí mi gran agradecimiento a todos por este cariño manifestado a ésta, nuestra escuela: “El Colegio Obispos García-Ródenas”. Aquí crecimos, conocimos a mis nuestros primeros amigos y por supuesto, aprendimos tantas y tantas cosas. Forma parte de nuestra historia personal y de la de tantas y tantas generaciones que han crecido aquí. 

Os formulo una pregunta, ¿qué recordáis del Ródenas? ¿Alguno contestaría que recuerda “que allí aprendió a sumar”? Seguro que no, ¿verdad? Y es cierto que allí nos lo enseñaron, pero eso no es un recuerdo; eso es un aprendizaje. 
Nuestros recuerdos del colegio están siempre ligados a experiencias personales, como vivencias en los pasillos, charlas con los amigos, juegos en el patio, excursiones, peleas y conflictos, aquél maestro malo o aquél maestro bueno, aquél que era muy estricto o aquél otro que era mucho más divertido,… Y para esto el Ródenas siempre ha sido muy especial. Todos cuantos alumnos del Ródenas conozco manifiestan un gran afecto hacia este colegio con una enorme satisfacción. Era, y creo que todavía lo es, un centro que albergaba alumnado de diferente procedencia social, y este hecho, os aseguro, le hacía único en nuestra localidad. 

Por eso tengo claro que, por supuesto, he de enseñar a nuestros alumnos todo lo que deben aprender, pero si quiero llegar más allá, al lugar más profundo de cada ser, debo intentar que ese proceso sea realmente especial. 

Hoy ejerzo mi profesión en el mismo lugar en el que descubrí mi vocación. A veces me invaden recuerdos nostálgicos del pasado a cuál de ellos más especial. Tuve la fortuna de crecer feliz y las vivencias en este centro contribuyeron profundamente a ello. Cada rincón del edificio alberga un recuerdo, y aunque algunas cosas han cambiado, la esencia sigue siendo la misma… Por eso creo que el Ródenas ya tiene un alma. 

Recuerdo que cuando mi promoción pasó al Instituto nos alababan diciendo que todos los que llegábamos del Colegio Ródenas estábamos muy bien preparados. Sería porque la formación que recibimos aquí resultó ser tremendamente buena, y eso se lo debemos a los que fueron nuestros maestros, algunos aquí presentes: Doña Susana, Don Francisco, Don Cristóbal, Doña Brígida, Don José Luis, Doña Juani,… y a otros que también lo fueron y que luego han sido nuestros compañeros de trabajo: Don Juan Ángel, Don Jesús, Don Juan Matías,…

Dicho todo esto, creo que para mí nuestro colegio no podría ser únicamente un lugar en el que ejercer una profesión. Más cuando esta bella profesión, la del maestro, termina impregnándonos de tal manera que no podemos escapar a su encanto.

Cada día es una nueva oportunidad de enseñar. Pero lo realmente extraordinario es que nuestros alumnos lo aprendan. Y si además tenemos suerte, puede que sea algo que impacte verdaderamente en ellos. Y en ese caso el sentimiento que te invade es... grandioso, la recompensa es inmediata y la satisfacción es enorme. 

No en vano, también lo es la frustración ante las diversas situaciones complejas que debemos afrontar a diario y esto también es algo con lo que, como maestros, hay que aprender a vivir. Y lo cierto es que no siempre es un fácil. 

Los niños y niñas de 3 a 12 años a los que va dirigida toda nuestra enseñanza no son pequeñas maquinitas de aprender. Además llegan al colegio cada día impregnados de emociones que no siempre saben gestionar. Y ahí están, delante de ti. Y tú les debes enseñar. Cuando estudiaba en la universidad creía que mi primer día de trabajo iba a ser algo así: entraría por la puerta y allí estarían todos ellos, deseando aprender todo lo que yo estaba tan capacitada para enseñar. Lo que sucedió después no pudo estar más alejado de aquél sueño, pero sin duda, resultó ser maravilloso con creces. 

Poco después me dí cuenta de que no sirve de nada guardar exámenes, fichas o propuestas de trabajo que te han resultado muy útiles este año que estás en 5º. Crees que si en unos años vuelves a impartir clase en 5º, van a ser de gran ayuda y te vas a encontrar el trabajo hecho. Y luego resulta que para esos nuevos alumnos no tienen ningún sentido, pues cada grupo de alumnos vive, siente y definitivamente, aprende, de una forma completamente diferente a cualquier otro.  

De nuevo, la maravilla del ser humano te sorprende una vez más y ahí se halla la magia de esta labor que ejerce el maestro. 

Y ya para terminar, concluyo sin olvidar mencionar que nuestro Colegio ha albergado cientos de maestros que llegaron a él con sus propias inquietudes y ha sido el lugar en que desarrollar esta tarea tan delicada por tantos y tantos docentes. Hoy por hoy, más de treinta compañeros compartimos trabajo y esfuerzo con la preocupación constante por las dificultades que nos plantea el ejercicio de esta profesión. Me consta que cada una de las personas que formamos el claustro está plenamente involucrada en su trabajo y comprometida con la enseñanza. Aprendo cada día de ellos; sus experiencias me siguen enseñando a mejorar mi trabajo, así que en cierto modo a pesar de ser maestra, tampoco he dejado de ejercer como “alumna”.

Pero aquellos que más nos enseñan son, sin duda, cada una de esas personas que en teoría, vienen al centro a aprender de nosotros. Los alumnos, sin siquiera saberlo, son mis grandes maestros. Cada vez que les enseño algo es como si yo lo tuviera que aprender de nuevo y con ellos recuerdo a diario un principio vital en la existencia del ser humano: “que el respeto es la base de la convivencia”. A mí me lo enseñaron mis padres y mis maestros y ahora creo que es de justicia transmitirlo a nuestros alumnos en el colegio. 

Enseñemos, pues, a pensar,… Enseñemos a soñar,…

Por otros cincuenta años… ¡Viva el Colegio Público Obispos García-Ródenas!

Muchas gracias


***
D.ª Pilar y D. Raúl son antiguos alumnos y actuales maestros del colegio.





lunes, 27 de mayo de 2013

Posted by Ródenas 50 Aniversario On 27.5.13

Aquí dejo el enlace sobre mis sensaciones en ese ratico de encuentro  con el pasado,,,que vivimos hace unas semanas, en el Colegio.

Enhorabuena a cuantos hoy estáis haciendo posible estos eventos.Y un millón de gracias por volver a poner en nuestra mirada de nuevo el poder de la ilusión.


Ir al blog de Antonia López

lunes, 6 de mayo de 2013

Posted by Ródenas 50 Aniversario On 6.5.13
Con motivo de la celebración del 50 aniversario del Colegio Obispos García-Ródenas, quiero darle las gracias al que es hoy su director, Don Juan Matías, por “muchos motivos” que describiré después, pero sobre todo por la oportunidad que nos brinda de poder expresar cómo ha sido el paso por el centro a tantos antiguos alumnos como deseen participar.
La niña de la foto soy yo, Cati, una de aquellas afortunadas alumnas que tuvo el privilegio de que el inicio de sus estudios primarios coincidiera con la inauguración de este colegio, un acontecimiento muy grande e importante por aquellos días. Dicho colegio, construido en la misma calle donde nací, fue para mí un segundo hogar y tengo que resaltar que allí me sentía como en casa.
Valoro mucho la profesión vocacional del maestro y la responsabilidad tan grande que tienen junto a los padres en la educación de nuestros hijos. De todos es sabido que ellos son la generación del futuro. En mi opinión, la educación siempre ha sido y será una continua y laboriosa cadena que hay que cuidar, potenciar y fomentar día a día desde la más tierna infancia hasta el final de la vida.
Le doy gracias a Dios por cada una de las maestras que con su trabajo y esfuerzo contribuyeron en mi educación y a quienes nunca podré olvidar. Cuatro son a las que voy a nombrar, pues las tengo más presentes ya que fueron aquellas con quienes pasé por mi primera etapa escolar. Aunque no me acuerdo muy bien del orden en el que me dieron clase, sí que las recuerdo con gran cariño.
Doña Paquita, Doña Angelines, Señorita Mari y Doña Laura. Ellas me animaban cada día a seguir esforzándome, pues confiaban en que podía alcanzar metas más altas e incluso llegaron a insistir a mis padres que no dejara los estudios porque veían que tenía posibilidades de llegar lejos. Por ello desde aquí les doy las gracias. El contacto que mantuve con ellas, aunque tal vez un poco rígido, fue siempre bastante bueno, transmitiéndonos valores como el respeto, la responsabilidad, la obediencia…
Después de hacer dos años consecutivos 7º y 8º y casi terminado el curso, finalmente no me examiné y me puse a trabajar. No culpo a nadie, pero fueron años de mucha demanda de trabajo en la fábrica de conservas de Bullas y casi todas las compañeras nos dejamos influenciar por el campo laboral. Más tarde hice un examen para conseguir el certificado de Estudios Primarios. Con tristeza tengo que decir que con ese certificado puse fin a aquella etapa escolar.
De nuevo paso a los buenos recuerdos…
Para empezar no me puedo pasar por alto la pregunta que nos invadía a los niños y niñas de entonces, pues desconocíamos cuál sería el motivo de no poder compartir las clases. En una edad como la adolescencia creaba entre nosotros una barrera muy grande que a mí, personalmente, me costó superar. Recuerdo la que se armaba cuando por cualquier motivo teníamos que entrar en una clase de niños... Ellos eran más espontáneos, nos acosaban a piropos,… ¡cómo nos sacaban los colores! Pero es que no sólo no compartíamos las clases, sino tampoco el patio, los juegos, el diálogo, etc. Cuando quedábamos amigos y amigas casi lo teníamos que hacer a escondidas, como si de algo prohibido se tratase. Incluso estar juntos en presencia de maestros y padres era algo extraño para nosotros. Recuerdo que las clases de las niñas estaban arriba y las de los niños abajo, y para pasarnos recados lo hacíamos con ayuda de las cuerdas de las persianas, a través de las cuáles les mandábamos notas escritas en papel. Como los niños jugaban al frontón en un patio donde ahora queda la biblioteca, nosotras desde arriba nos asomábamos por las ventanas, que estaban tan ocupadas que corríamos peligro de caernos abajo.
Al recordar todo aquello es difícil de creer que ocurriera, viendo cómo se ha evolucionado en este sentido y cómo actualmente las clases son mixtas y se considera algo tan normal.
R
efiriéndome ahora al material que hoy utilizan tanto el maestro como el alumno he de apuntar que han evolucionado muchísimo ayudando a que los progresos en el aprendizaje sean más rápidos. No hay más que comparar las mochilas tan pesadas que hoy llevan nuestros niños con las carteras tan ligeras de peso que llevábamos aquellos años. Nuestros materiales eran Enciclopedia 1er, 2º o 3er grado, cuadernos de caligrafía, cálculo o problemas que conservábamos con tanto esmero de los números 1 al 10 todo el curso, el plumier de dos pisos de madera, lápices, bolígrafo, colores, compás, reglas, escuadra, goma, sacapuntas, cuentos, cuaderno para deberes, todo en una cartera que con tanta ilusión esperábamos de los Reyes Magos para tenerlo todo dispuesto cuando empezara el curso. Pero claro, cada día llevábamos sólo aquellas cosas que íbamos a necesitar.
Con la Reforma Escolar tuvimos que adaptarnos a los nuevos métodos de estudios que nos costaba asimilar. Fue en la última etapa que pasé por el colegio y no tengo grandes recuerdos de ella.
También tengo que añadir la competitividad que había entre compañeras para ocupar los asientos delanteros de la clase, que sembraba una gran rivalidad entre nosotras. 
Los juegos que compartíamos con nuestras amigas en el recreo o tiempo libre entre clases eran muy sencillos. ¡La de horas que podíamos pasar con una cuerda jugando a los dubles, qué fácil era moverla de un lado al otro y la de niñas que podíamos participar a la vez!  Otros juegos eran una pelota, un trozo de elástico, una tajuela de mármol con la que jugar al chisqué, unos huesos de albaricoque o piedras para echar unas tres en raya, unos cromos, el pillao, la piola, hacer teatro, trabalenguas, adivinanzas,… Para las más lanzadas estaba el baloncesto. Como actividades más excepcionales estaban la gimnasia rítmica y los bailes regionales, que se preparaban para actos públicos y se desarrollaban en el campo de fútbol que se encontraba al lado izquierdo del colegio. También íbamos a cantar villancicos al cine por Navidad.
También se hacían manualidades como coser y bordar en punto de cruz aquella bolsa para el pan o aquel trapo para el cántaro del agua.
De vez en cuando también hacíamos nuestras escapadas lanzándonos a la calle y metiéndonos en aquellos huertos que lucían frente al colegio a coger unos albaricoques: ¡Qué buenos estaban! Alguna vez tuvimos que salir corriendo sorprendidos por el guarda.
La orilla de la acequia era otro lugar de encuentro: el ver el agua correr, saltar de un lado al otro, las tijeretas que por allí corrían,… todo era un pasatiempos y un recreo.
Hacíamos excursiones a La Rafa para ver los gusanos de seda, cómo se alimentaban, cómo hacían el capullo,… aquél laborioso trabajo tan delicado que tanto nos maravillaba. Nos quedábamos embobadas viendo algo tan interesante.
A
lguna vez que otra también visitábamos el río. El centro para quedar con los amigos era el Colegio y el Paseo de la Murta y de allí nos dirigíamos a la Rafa a pasar toda la tarde correteando y dando brincos.
Creo que nunca monté en autobús para salir de excursión.
¡Y cómo no recordar el famoso comedor! A mi madre le vino como anillo al dedo pues pensó que sería la solución para nuestros problemas a la hora de comer, ya que yo era algo caprichosa con la comida. Allí era toda una fiesta colaborar en poner y quitar la mesa: plato llano, plato hondo, cuchillo y cuchara a la derecha, tenedor a la izquierda, vaso de agua y servilleta, situado según creo recordar en donde actualmente se encuentran los despachos. Con una cocinera tan buena como teníamos y el amor que ponía en la preparación de los platos se me fue abriendo el apetito. Todavía recuerdo el olor que subía hacia arriba por aquel pasillo tan largo a esos macarrones con tomate que sabían a gloria. Fue en esa etapa donde empecé a probar alimentos nuevos que nunca antes había comido mejorando la relación con mi familia, a la que ponía de los nervios al escucharme decir “eso no me gusta” sin haberlo probado siquiera.
R
especto al trabajo en el aula, la colaboración que el alumno tenía con el maestro era ejemplar. Nos encargábamos del orden y la limpieza de nuestra clase. Recuerdo ese suelo rojo al que le dábamos un día y otro con aquella escoba de trapo hasta hacerlo brillar como un espejo o el cultivo de las plantas incluso en vacaciones. Desobedeciendo a nuestras madres y maestras los fines de semana  que nos encargaban regar las plantas, más de una vez nos dejábamos acompañar de algunos “amigos” para jugar por allí un rato. Pero nuestras madres que eran sabias, cuando calculaban que tardábamos más de la cuenta, salían en nuestra busca y más de una vez tuvimos que salir corriendo o a escondidas, o dejar a algún amigo encerrado y volver más tarde a abrirle.
Recuerdo con cuánto amor, alegría y cariño cada año, en el mes de mayo, recibíamos a nuestra madre del cielo: La Santísima Virgen de Fátima, a la que se abrían las puertas de par en par en nuestro colegio y en un lugar mucho más especial, en nuestros corazones. Con gran gozo le preparábamos aquel bonito altar en el que todos participábamos cuidando cada detalle. Resplandecía como una reina en medio de aquellas flores tan bonitas que cada uno buscaba y recogía como podía. No recuerdo que hubiera ninguna floristería, pero sí que habían unos hermosos huertos muy cercanos al colegio en lo que ahora es el parque de enfrente y a lo largo de toda la orilla de la acequia tras el Camino Real. Y ni cortas ni perezosas allá que íbamos a pedir flores (y otras veces a quitarlas a escondidas por las orillas de las tapias). Vamos, que a la Virgen nunca le faltaron aquellos grandes ramos de celindas blancas que parecía esperaban florecer para mayo con ese olor tan espectacular. Ni aquellos ramos de rosas de todos los colores. Ni azucenas, ni claveles,… Todas las tardes nos reuníamos todos en presencia de la Virgen durante unos minutos antes de salir hacia casa con mucha devoción. La obsequiábamos con nuestras inocentes oraciones, con el rezo del Santo Rosario, con plegarias, y con cantos que nunca he olvidado (a veces salidos de tono) y que siempre han sido actuales. Para empezar cantábamos “Venid y vamos todos, con flores a María”, “El trece de mayo”, “La salve”, “Mientras recorres la vida tú nunca sólo estás, contigo por el camino Santa María va”,… y siempre terminábamos cantándole “Adiós Reina del Cielo madre del salvador”,…  ¡Qué bonitos recuerdos!
Con mucho cariño siempre he guardado la única fotografía de grupo que poseo y que de vez en cuando me gusta revisar. A pesar del paso del tiempo parece que fue ayer. Aunque cada una de las aquellas niñas que figuran en la imagen haya escogido diferentes caminos, dondequiera que nos encontramos no nos negamos el saludo y esa sonrisa en recuerdo de aquellos días. Hemos sabido conservar la amistad y el cariño de aquella etapa tan importante para nuestras vidas.

El que figura en la foto es Tomás, mi marido, antiguo alumno de las escuelas viejas. Él  y yo nos conocimos en el Ródenas, donde empezamos una bonita relación de amistad que poco más tarde nos llevó al noviazgo. Tras unos años donde nuestro amor se puso a prueba para ver si era el verdadero, nos dimos cuenta de que estábamos hechos el uno para el otro y llegado el día 20 de agosto de 1978 recibimos el sacramento del Matrimonio, y fruto de él nacieron nuestros tres hijos Mª del Pilar de 33 años, Tomás de 29 y Esteban de 23.

Muy recién casada, todavía sin hijos pero embarazada, empezó a preocuparme la responsabilidad que tenemos los padres con respecto a la educación de los hijos. Pronto llegó a mis oídos la noticia de parte de Don Julián Torrecilla (por entonces sacerdote de Bullas) de que iba a dar comienzo un curso de Escuela de Padres en los salones del Club de la Juventud que se encontraba en el Camino Real, donde después estuvo la Guardería y que actualmente se encuentra casi en ruinas. Él mismo dirigía el curso. Semana tras semana nos reuníamos los miércoles y tratábamos temas de gran interés para la educación. Yo, que quería prepararme para ser una buena madre, encontré lo que necesitaba. Debió de marcharse pronto a Honduras donde permaneció varios años y allí quedó todo.
Desde aquí animo a madres y padres a acogerse con fuerza a todo aquello que les aproveche, que no cierren los ojos a aquello que sea positivo con respecto a la educación de sus hijos tanto a nivel personal como espiritual, ambos entrelazados, para seguir madurando intelectual y emocionalmente.
Llegado el día de apuntar al colegio a nuestra hija mayor tuvimos una pequeña duda de dónde llevarla, si a un colegio o a otro, ya que al vivir en el centro del pueblo cualquiera nos pillaba bien de lejanía. Pero pronto tomamos acertada decisión de que estudiara en el mismo colegio en el que lo hicimos sus padres.
Varios años después, como todas las madres del colegio, fui invitada por Don Juan Matías a participar en nuevos cursos de Escuela de Padres que él mismo organizó y preparó. A él le doy gracias por abrir de nuevo un camino que me llevó al Ródenas. A partir de ese momento todo mi ser se puso en movimiento, pues sabía que algo necesitaba en lo que se refería a la educación de mis hijos, pero no sabía donde encontrarlo. Ellos iban creciendo en una etapa diferente a la que lo habíamos hecho sus padres y necesitaban sobre todo nuestro cariño, aunque también nuestro apoyo, nuestra comprensión y nuestro consejo. Al colegio, que tanto bien me había hecho y que tan buenos recuerdos me traía, me dirigía ahora como si fuera una estudiante adolescente entradica en años para aprender a ser madre de unos hijos mayorcitos. La verdad es que lo necesitaba y aprovechando que mi marido estaba fuera por motivos de trabajo y tenía más tiempo libre, dediqué unos años a hacer varios cursos… Todo era nuevo para mí. Semana tras semana nos reuníamos estudiando unos temas que nos preocupaban a todos en general pero que personalmente, no sabía cómo afrontar. Tuve que trabajar y estudiar muchísimo. Supuso para mí un gran esfuerzo pero me gustaba hacerlo, pues los resultados a nivel familiar eran positivos.
Todos los del grupo coincidíamos con la preocupación por la educación. Poco a poco me fui dando cuenta de que yo también necesitaba aquello que quería transmitir a mis hijos y fue muy bonito desarrollarme en este ámbito por los frutos que en cada uno se manifestaban. Comprendí que para educar yo, también necesitaba seguir educándome. Reconozco que me gustaba lo que hacía porque me ayudaba a superar obstáculos, unos más grandes y otros más pequeños. ¡Cuántas cosas pudimos aprender unos de otros! De ahí lo que empecé diciendo al principio con respecto a la educación: “Que es una labor continua para toda la vida”.
Gracias, Juan Matías. Le doy gracias a Dios que se ha servido de tantas personas como tú a lo largo de mi vida para ir mostrándome en cada etapa lo que necesitaba, para no quedarme atrás, sino seguir continuando hacia delante aprendiendo a mirar el lado positivo de las cosas. Al mismo tiempo a Él también le pido por tantas personas como tú, que trabajan para mejorar en la enseñanza, por los padres y responsables en la educación, para que ésta cada día sea mejor.
Siendo los progresos académicos de nuestros hijos los más adecuados en cada etapa escolar, hemos tenido como gran recompensa el tener a nuestra hija mayor, Mª del Pilar, de maestra en dicho colegio donde ejerce amando su vocación, trabajando poniendo empeño y esfuerzo en esta etapa tan difícil por la que atraviesa la educación actual junto a sus compañeros de profesión, algunos de los cuáles ya fueron maestros suyos y a quiénes siempre ha guardado y guarda mucho respeto y cariño.
Tres somos las generaciones fieles al colegio donde hemos sido educados: nosotros los padres, nuestros hijos, y ahora también nuestros nietos: toda una familia. 




Y para finalizar, mi agradecimiento también a mi familia, mis padres y hermana, por la educación que de ellos recibí y que con ellos compartí. Nos dieron la vida y siempre han estado a nuestro lado.

   En esta foto aparecemos mi hermana Isabel y yo, a la edad de 6 y 10 años.

¡FELICIDADES A NUESTRO MARAVILLOSO COLEGIO EN SU 50 ANIVERSARIO¡






sábado, 20 de abril de 2013

Posted by Ródenas 50 Aniversario On 20.4.13
Nací en Junio de 1962, por lo que este año cumplo 51.

Mi colegio fue "El Rodenas" se me amontonan recuerdos y algunos no logro encuadrarlos cronológicamente en el tiempo (cosas de la edad). Pero es cierto que puedo decir ¡Aquellos maravillosos años!

Recuerdo las aulas, los maestros y maestras, Don .. . Dña..... Srta..... como les llamábamos entonces: Srta. Maricarmen, Doña Maricarmen, Don José, Don Trinidad, Doña María Dolores, Don Salvador, Don Pedro, otro Don Predro, Don Lucio, Don Fulgencio,Don Juan de Lengua, Don Juan de Francés, Don Luis "el cura". De todos y cada uno de ellos tengo un recuerdo muy particular, que hoy con el paso del tiempo me agrada enormemente recordar.
Tengo un especial recuerdo de los que he tenido conocimiento de que ya no están entre nosotros.
Don Salvador: Recto y firme a la antigua usanza, del cual aprendí mucho, sobre todo esfuerzo y disciplina, mi recuerdo con cariño y respeto para él.
Don Trinidad, alguien me dijo que también nos dejo. Amable, gentil , buen maestro.
Don Luis, "el cura" mucho mas que un maestro de religión. Su trabajo en los colegios no se ceñían a lo religioso meramente (labor que hacia), fue el maestro de los viajes de estudios, queda testimonio de ello con sus películas , afición que gracias a ella hoy tenemos cientos de imagenes. Viajes de los que muchos disfrutamos gracias a su compromiso con los padres, de que nos cuidaría y "vigilaria".
Pero quiero resaltar su gran empeño en que los chicos/as salieran fuera a estudiar (No había otra opción ) en Bullas cuando en los años 70 se terminaba 8º de E. G.B. se terminaban los estudios.
Es sabido por muchos el interés que D. Luis ponía, salia casa por casa, lo tenia como algo personal, donde sabía que los padres no tenían pensamiento de que sus hijos fuesen a estudiar, acudía el a convencerles y explicarles lo importante que era, y de hecho muchos así lo entendían, claro lo decía "el cura". Por ello y por cada uno de los que gracias a él seguimos estudiando, GRACIAS Don Luis, siempre le recordaremos.
Yo particularmente tengo un recuerdo intensamente especial para el, debido a que en 7º de E.G.B. conocí al que hoy es marido José Luis "el hijo del veterinario". Don Luis siempre nos decía estos dos se llegarán a casar, ¡que satisfacción sería para mí estar en la ceremonia". Tras muchos años de noviazgo el 8 de Agosto de 1987 Don Luis asistió como celebrante a ese momento que un día parecía tan lejano, ofició la ceremonia y cierto es que en su rostro durante toda ella, se veía la alegría de ese momento al que el también había contribuido.

Don Fulgengio alto, serio, imponía, cuando el entraba en la clase "no había tutia", silencio absoluto hablaba el maestro. Recuerdo muchas anécdotas con él, sobre todo con el tema de una cartilla de puntos que nos dio para controlar nuestras "maldades". Cada vez que nos portábamos mal nos quitaba uno o dos puntos según su criterio, si coincidimos el día del encuentro (espero que así sea) le aclarare unos cuantos puntos que le quitaba a otra persona por hechos mios (aunque sinceramente creo que lo sabia).

Don Pedro (el de las tablas de equivalencias) ¡pero que cruel era! le tenia un enorme cariño, en el paso de los años hemos coincidido varias veces en Murcia, siempre hemos charlado y hemos recordado aquellos tiempos, cierto es que hace tiempo que no le vemos.
Don Lucio, hace poco coincidimos en una terraza en Cehegin (creo que es su pueblo) nos sorprendió gratamente que se acercara a nosotros y charlamos un rato, recordamos "cosillas" y nos reímos, espero verle D. Lucio.
Dña Maricarmen y Don José Gómez , son de Bullas, est´s dicho todo. Maestros que nacieron para serlo, creo que siguen viviendo aquí porque crecieron con nosotros, se hicieron Bulleros con su trabajo y aun cuando les veo pienso que son de Bullas.
Mi suegro Pepe "el veterinario" hombre de carácter clásico apelaba a Don José, amigo suyo, para que sus dos hijos mayores se cortaran el pelo, alguna vez presencié el tema, ahora en mi casa cuando lo recordamos nos reímos.Tenían unas melenas rubias nada acorde con los gustos de su padre.
Espero encontrarnos con todos, y lo que seria muy largo escribir, hablar con ellos un ratico y recordar muchas , muchas cosas.
LOS ALUMNOS, me acuerdo de todos sobre todo los de 8º, en el salón de mi casa tengo la foto típica de la escalera, ji ji ... !que pintas! algunos hasta tenían pelo, otros no tenían tripita cervecera, pero todos teníamos la ilusión de la juventud.
Cuando miro la foto, no hay ni un solo compañero que no me traiga buenos recuerdos, es cierto que con el tiempo dejamos de vernos o se enfría la relación o simplemente no la hay, pero fuimos en su día parte de un grupo y a mi me gusta recordarlo.
Tengo que decir que de aquellos años tengo tres grandes amigas, que ni el paso del tiempo ha enfriado nuestro cariño. Sí es cierto que seguimos estudiando juntas, y todos los años, por lo menos una vez, nos reunimos con nuestras familias, es estupendo, espero que podamos seguir así hasta que las fuerzas nos lo permitan. Quiero desde aquí enviarles también mi cariño y decirles que espero verlas en el encuentro de 50 Aniv.
Ana Amor. Sole Fernandez. Poli Fernandez.
No quiero cerrar este pensamiento pasado a papel sin hablar de un alumno Francisco José Fernandez Gonzalez "el lagarto" hermano de José Luis (y mio). Esta claro que el próximo viernes estará con nosotros, como lo hacía en cada fiesta (yo voy aunque sea con el mono verde, y si tengo que arreglar un enchufe aquí están los alicates) los que lo conocieron saben de lo que hablo, y que así sería. Sé que compañeros tuyos tendrán un pensamiento para te este día de celebración. Yo lo tengo "lagui".
Gracias a todos los que han pasado por este colegio ha perdurado en el tiempo, y ahora podemos celebrar este cumpleaños tan especial, gracias a los que no coincidí con ellos, profesores y alumnos por pertenecer a el, gracias a los que coincidí, y cómo no GRACIAS, a los que actualmente forman parte "del Rodenas" y han trabajado para que este evento se pueda disfrutar por todos, en especial a Juan Matias que es visible su interés y dedicación hacia este colegio.
Muchos, muchos, muchos besos a todos porque somos muchos , los que estamos, y los que no, pero sobre todo en un momento de nuestra vida HEMOS
ESTADO.
----YO FUI AL RODENAS---

jueves, 18 de abril de 2013

Posted by Ródenas 50 Aniversario On 18.4.13
Leyendo muchos de los comentarios de los antiguos alumnos de este colegio, he sentido la necesidad de escribir algo yo también:

Estudié en este colegio hace ya muchos años, pero parece que fue ayer...
Mis maestros, Doña Mª Carmen, Doña Laura, Don Lucio y mi inolvidable Don Fulgencio con sus clases de historia y geografía.

Mis compañeros, con los que aún tengo relación, mi viaje de estudios a Andalucía y muy buenos momentos que nunca se olvidan.

Después he tenido otra etapa de mi vida importante en este colegio, como madre de alumnos. Mis hijos también fueron al Ródenas.

Desde siempre me gustó participar en todo lo que se organizaba (madre delegada, AMPA, escuela de padres, etc).

No se nos olvidarán esas comidas de convivencia en La Rafa donde tanto frío pasábamos y nos divertíamos tanto preparándolo todo.

O las fiestas de fin de curso, con las polémicas entre las madres por la ropa de los niños y esos sacos interminables de bocadillos que preparábamos con tanto cariño.

Ahora, mientras escribo y voy recordando, siento que este colegio es una parte muy  importante de mi vida.

No me quiero despedir sin mencionar a algunos profesores de mis hijos, como Juan Matías que ponía todo su empeño en que los niños se portaran bien y no hablaran tanto.

Y la maestra Elvira con su forma tan dulce de tratarlos.

FELIZ 50 ANIVERSARIO de esta alumna: Ginesa Fernández Muñoz.

domingo, 14 de abril de 2013

Posted by Ródenas 50 Aniversario On 14.4.13
     De este colegio amo cada una de sus baldosas, cada azulejo,…

   Al adentrarme en sus pasillos y subir sus escaleras, percibo un gran sentimiento de cariño hacia este colegio, mi escuela, donde aprendí mi vocación y donde a día de hoy, ejerzo con mucho gusto. Por eso, incluso aquello que es material, me inspira un enorme afecto.

   Mi nombre es María del Pilar; María para mis familiares, Pilar para mis compañeros de trabajo, Pili para mis amigos. Nací en Bullas hace 33 años y es para mí un gran honor poder trabajar en este centro, el COLEGIO PÚBLICO OBISPOS GARCÍA-RÓDENAS desde hace casi diez años, donde actualmente soy tutora en 5º B y maestra de matemáticas en 5ºA. Y digo que es para mí un honor trabajar aquí pues es el colegio en que crecieron mis padres, donde crecimos mis hermanos y yo y donde lo crecerán ahora, si Dios quiere, mis dos hijos, Alba y Marcos. Mis padres son el Tomás “el colgao” y la Cati “de la Murta, hija del Esteban el carpintero”. Les menciono porque, aunque en este colegio recibí gran parte de mi educación, aquellas cosas que son fundamentales en la vida de cualquier ser humano las aprendí en mi casa, de los mejores maestros que pude tener: mis padres. A ellos les debo lo que soy por dentro, pues aunque me proporcionaron todas las facilidades para realizar mis estudios de Magisterio, lo que realmente me sirve para afrontar cada día con alegría e ilusión son los principios y los valores que con tanto tesón nos transmitieron tanto a mí, como a mis dos hermanos: Tomás y Esteban. La educación que recibí en mi casa fue la base sobre la que se sustentaron todas las demás. Cada día que pasa aprendo algo nuevo de ellos y me doy cuenta de que, pese a mi superada mayoría de edad, todavía hay muchas cosas que no sé. 

     En mi pequeña infancia fui a la guardería Baby un solo día. Estaba en el Camino Real, muy cerca de mi casa que está en la calle Fiel. Mi madre dice que no me gustó y que lloré tanto que, aunque decían que era muy importante para el desarrollo estar con otros niños, pensó que podría esperar un poco a que empezase la escuela. 

     Yo no recuerdo exactamente mi primer día en la escuela, pero tenía casi cuatro años y fue en las llamadas “Escuelas Viejas”. Era el año 1983. Supongo que lloré tanto como en la guarde, seguro que mi señorita Juani “la patillas” me consoló, y que con el tiempo le cogí el gustillo a aquello de ir a la escuela. Muchas veces me llevaban y me recogían mis abuelas (pues mi hermano Tomás acababa de nacer y mi madre no podía hacerlo), y recuerdo esos paseos con calma desde la puerta de la escuela a mi casa a lo largo de la calle “Los Hornos”, que todavía conserva ese aire de antes, pues ni el asfaltado ni las casas han cambiado mucho, aunque tristemente muchos vecinos ya no están ni tampoco se ven casi niños que jueguen por allí. 

     El edificio de la escuela era antiguo, pero lo recuerdo muy cálido. Los escalones estaban desgastados y no podía agarrarme a la baranda porque todavía era muy pequeña (siempre fui la más pequeña de mi clase) y me quedaba muy alta. Para ayudarme a subir utilizaba los barrotes que la sujetaban al suelo. En el rellano de arriba había unos balcones y me gustaba mucho asomarme por allí, sobre todo si llovía. Me encantaba el olor de los días de lluvia; todavía hoy me gusta. 

     En las Escuelas Viejas hice mis primeros amigos, que tengo la suerte de decir que a día de hoy lo siguen siendo. Hemos hecho nuestra vida, pero cada vez que nos vemos siento la alegría de saber que ellos son una parte muy importante de mí. Nos paramos, hablamos,… se nota que hemos crecido. Algunos tenemos hijos, otros viven fuera y nos vemos menos a menudo,… pero sentimos un gran afecto mutuo. Hace unos meses nos juntamos a cenar: tratamos de reunirnos todos, pero claro, fue imposible; no a todo el mundo le viene bien la fecha o la hora,… Pero allí estuvimos. Hubo risas, tontunas, recuerdos, fotos,… 

Estos somos nosotros actualmente


     En las Escuelas Viejas aprendí a leer con “La Cartilla” de Paláu: recuerdo “la i de iglesia”, “la p de pera”, “la n de nido”,… aquellas tardes tranquilitas leyendo de uno en uno con la señorita Juani, que señalaba las sílabas con un boli mientras nosotros íbamos descifrándolas sin entender del todo lo que leíamos… 

     Algunas tardes la señorita nos dejaba llevarnos juguetes de casa y lo pasábamos genial. Supongo que sería después de que vinieran los Reyes Magos.

     La maestra nos tenía numerados por parejas. Mi amigo Juanjo y yo éramos el uno. De este modo éramos dos niños con el 1, otros dos con el 2,… Y creo que no recuerdo que nadie llevara el 14, así que seríamos 13 parejas: en total, 26 niños y niñas. 

     El patio era muy grande y para llegar a él había que pasar por unos callejones estrechos y sombríos que había en los laterales del edificio. Aunque hiciera un gran día de sol, en esos callejones siempre hacía frío. A veces también bajábamos al patio por las tardes. Allí jugábamos con la tierra, con las hojas de los árboles,… no había nada excepto eso, así que ahí encontrábamos la diversión: una hoja era un plato y la tierra era la comida. También teníamos pelotas, jugábamos al pillao y al escondite,… y celebrábamos bodas “de mentira”. Casi siempre se casaban los mismos y el cura también era casi siempre el mismo. Yo iba de invitada, pero tenía un amigo que me acompañaba. Supongo que era mi novio (de mentira, claro).

     Tampoco recuerdo mi primer día en “Las Escuelas Nuevas” en el año 1985. Pero mis compañeros eran los mismos y lo siguieron siendo hasta sexto, momento en el que mezclaron los grupos A y B, no recuerdo por qué.

    En 1º y 2º mi clase era la de la planta de arriba, al fondo, a la izquierda. Actualmente ahí imparto matemáticas a los alumnos de 5ºA. Hace unos días, en mitad de la clase, como si pudiera retroceder en el tiempo durante unos segundos, recordé varias cosas de entonces: cómo estaba distribuida, dónde me sentaba,…

    Mi maestra era mayor, se llamaba Doña Mª de los Ángeles, era regordeta, y con unas gafas con cordones chulísimas. Se sentaba en la esquina donde ahora está el ordenador y algunas tardes hasta hacía punto con moldes. Esta es la única foto que tengo con ella. 


Aquí estamos, de izquierda a derecha, Toni, Juanma, 

nuestra señorita Mª de los Ángeles, mi amiga Juana Mari Ortega y yo.

     Mi madre tomó esta foto en un viaje que hicimos a la Vega del Segura: Abarán, Ojós,… Recuerdo que cada uno iba con su madre y que cogimos el tren. Yo iba sentada con mi amiga Juana Mari y mi madre iba con la suya. Me gustaba que nuestras madres también fueran amigas. Poco después Juana Mari se fue a vivir a Mazarrón y perdimos el contacto hasta hace unos años que nos encontramos otra vez. 


     En esta otra imagen la señorita está de espaldas bajo el escenario, mientras nos disponemos para cantar un villancico de Navidad.

     Estando en 2º me graduaron la vista, y cuando me dijeron que tenía que llevar gafas no me preocupó en absoluto, pero pedí que llevaran cordones, como las de mi señorita. Sólo las necesitaba para leer o ver la tele, pero me encantaba ponérmelas. No recuerdo que nadie me insultara por llevar gafas. Mi amiga Mónica me recordó hace poco que a ella le gustaban un montón. 

     Recuerdo que llevábamos un libro de lectura de un niño que iba en un carromato o algo así (seguro que mi amiga Ascen se acuerda hasta del título). Pues bien, algunas tardes mi señorita me castigaba a quedarme a las cinco a poner bien las esquinas de aquel libro, porque las arrugaba un montón. Hoy me parece increíble, pues me tomo muy en serio lo de no arrugar las hojas. Supongo que aprendí bien la lección. Y que conste que no tengo ningún trauma de aquello.

     Mª de los Ángeles regalaba cuentos pequeñitos (quizá eran Cuentos de Calleja, no lo sé) a los que se sabían las tablas de multiplicar. Si no recuerdo mal, mi amigo Ricardo consiguió ganar un montón. Yo lloraba porque me sabía las tablas pero no tan bien como él. Supongo que si no te las sabías “requetebién” no había premio. 

     No sé si mi señorita Mª de los Ángeles todavía vive, pero de hacerlo debe ser ya muy mayor. Han pasado 25 años desde entonces, aunque haya parecido un suspiro… 

    Pese a su avanzada edad, incluso preparaba funciones de fin de curso con nosotros. Aquél año hicimos de madrileños: dos parejas bailábamos un chotis mientras mi amigo Eli tocaba el organillo.
 

En esta foto salimos Paco y yo vestidos de madrileños con apenas 6 añicos…

     Cuando mi hermano Tomás empezó a venir conmigo al colegio, casi siempre tenía que esperarlo en la puerta de su clase, pues como se escapara sin mí me tocaba buscarle en el bancal de enfrente de la escuela. Allí jugábamos muchas veces al salir. Recuerdo que había albaricoqueros y más de una vez me lo encontré subido en uno de ellos comiéndose unos cuantos “albérchigos”. Había un muretillo que delimitaba este huerto, ya casi ruinoso. Nos gustaba caminar sobre él haciendo equilibrios cargados con la mochila. Hoy día ahí se encuentra el parque infantil. 

     Mis abuelos maternos Esteban y Ana María vivían junto a la cooperativa de vino “San Isidro” que entonces se encontraba en el edificio en el que hoy están “Sport Marcha” y la “Cafetería Zalú”. Quedaba tan cerca del colegio que muchas veces me quedaba a comer con ellos. Mi abuelo me daba almendras fritas de aperitivo y pan con vino y azúcar de postre. Cuando se quedaba sin vino le acompañaba a la cooperativa. Así yo le podía ayudar llevando la garrafa, porque él estaba cojo y usaba bastón y caminar cargado era muy incómodo. 

     Otra imagen que viene a mi mente es la de mi abuelo Tomás los días de lluvia. Ahora está muy extendido venir en coche al colegio, pero entonces prácticamente todo el mundo venía a pie, independientemente de lo lejos que estuviera de casa o del tiempo que hiciera. Había mucho tránsito por las calles de gente que se dirigía a la escuela. Pero muchos días de lluvia, mi abuelo Tomás venía al colegio a recogernos a mi hermano y a mí. Salíamos por la puerta que da al Paseo de la Murta y mirábamos buscando su Renault 7 blanco entre los demás vehículos. ¡Qué alegría nos daba si había venido! Luego, volviendo a casa, nos quedábamos mirando a través de los cristales cómo nuestros amigos iban andando bajo sus paraguas y nosotros secos y a cobijo del coche de nuestro querido y añorado abuelo Tomás. Mi madre nos cuenta que ella no le pedía que viniera a recogernos, sino que lo hacía porque él mismo quería. Nuestros abuelos paternos, Tomás y María, vivían justo debajo de nuestra casa, así que los lazos de cariño que establecimos con ellos permanecen a día de hoy aunque ya no están con nosotros. 

     En 3º y 4º mi señorita fue Doña Brígida, que vive en Bullas, recientemente retirada. Nuestra clase estaba al lado del almacén, donde actualmente se encuentra 6º B. Yo la quería un montón. Todavía hoy nos saludamos y hablamos cuando nos vemos. Recuerdo que después del recreo siempre nos ponía un dictado (ahora que lo pienso, era un estupendo recurso para lograr que nos calmásemos al subir de nuevo a clase). Lo que más me gustaba era su peculiar manera rauda y veloz de corregirlos: resuena en mi mente: 

“Pedro estaba en el campo:

Pedro con mayúscula, estaba con b y campo con m antes de p”.


     Dios mío, al escribirlo, es como si lo estuviera viendo. 

     Con ella hicimos un mapa del relieve de España con escayola. Pintamos las montañas de marrón y amarillo, los valles de verde, los ríos y mares de azul,… No podré olvidar que jamás pude colgarlo en ninguna parte, pues antes de que se endureciera la escayola había que poner unas alcayatas y las mías estaban abajo en lugar de arriba. No nos dimos cuenta hasta que estaba completamente terminado. ¡Qué desilusión tan grande me llevé!

     Un día, en el recreo, jugando a la cobra (¿alguien se acuerda de cómo se jugaba a la cobra?), me soltaron o me solté,… El caso es que caí de espaldas al suelo golpeándome la cabeza de tal manera que mi señorita Brigi escuchó el golpe. ¡Cómo sería de fuerte! Me llevó inmediatamente adentro y me puso hielo. Yo le veía una enorme cara de preocupación. No paraba de preguntarme cosas como ¿Cómo te llamas? ¡Dónde vives? Yo pensaba: “Ni que no me conociera”. Me dolía un montón, pero al verla atenderme sentía una gran tranquilidad: su preocupación, lejos de alertarme, me hacía saber que estaba en buenas manos. Hace unos años ella misma me recordó este hecho que yo casi había olvidado.

     Con ella también aprendimos a coser botones, a hacer vainica,... Esto último era especialmente difícil para mí, pues se trataba de coser una tela utilizando los propios hilos que la componían. Creo que mientras tanto, los chicos aprendían juegos de mesa en la clase de al lado. Hoy día algo así es impensable, niños y niñas de ambos sexos tendrían que hacer ambas actividades.

     En 5º curso mi maestro fue Don Victoriano. Sus métodos eran un poco “de la antigua usanza”, pues a veces tiraba de las patillas a los que no se sabían la lección. Con suerte, por exigencias del sexismo de la época, las chicas nos librábamos de eso. 

     De él recuerdo perfectamente su vozarrón, su forma de toser y que su vivienda estaba situada en las “casas de los maestros” porque sus ventanas daban al patio y a veces iba a almorzar allí y le veíamos. ¡Qué gusto que el colegio le pillara tan cerca de casa! 

     Era muy estricto, pero también nos proporcionaba afecto y pasábamos ratos divertidos con él. A mí me dejaba sentarme con mi mejor amiga. Y los martes por la tarde jugábamos a una especie de concurso de preguntas y respuestas que consistía en lo siguiente: nos subía en la tarima del aula (que todavía permanece en algunas clases de las actuales) y nos ordenaba alfabéticamente (creo). Entonces, desde el último hasta el primero, se abría el turno de preguntas que debían ser de los temas que estábamos estudiando, sobre todo de Ciencias Naturales o Ciencias Sociales. Si a quién le preguntabas averiguaba la respuesta, entonces perdías el turno y le tocaba preguntar a él al que estaba delante; si no se la sabía, se ponía el último y tú continuabas preguntando. Por eso para esa tarde todos preparábamos en casa una lista de preguntas “superdifíciles” para conseguir quedar el primero “o casi”. Creo que ahí empezó a aparecer la competitividad entre mis compañeros, buena para el aprendizaje pero un poco un poco desastrosa si querías mantener a tus amigos.

     Como Don Victoriano era muy mayor, el baile de fin de curso lo tuvimos que ensayar nosotros mismos, pero todavía me acuerdo de lo bien que lo pasábamos ensayando en la puerta de "la Pepi", pues junto a su casa había una plazoleta muy buena y con mucho espacio para los ensayos (hoy todavía está, y además reformada). A las crías nos encantaba lo de los ensayos, pero a los críos no les hacía mucha gracia. Yo creo que era porque tenían que hacer todo lo que nosotras mandábamos y si no seguían el ritmo nos enfadábamos un montón. Me acuerdo de la música: “La vi correr, llegaba tarde a clase, no sé qué hacer, esto no hay quién lo aguante, estoy enamorado y muy pronto lo sabrá, uhh, uhh, uhh, uhh”.

    Hace poco supe que Don Victoriano había fallecido. Cuando me comunicaron la noticia sentí un cierto frío en el estómago, pese al tiempo que había transcurrido desde la última vez que le ví.

   Como he dicho antes en sexto mezclaron los grupos A y B y yo pasé al A mientras muchos de mis amigos se quedaron en el B: "la Silvia, la Ascen, la Pepi, el Juanma, el Eli, la otra Ascen, el Cristóbal, el Ricardo, la Juana Dolores",… amigos a los que ya no me quedaba otra que verlos en el patio. Lo cierto es que no sé por qué lo hicieron, pero a mí me sirvió para hacer más amistades. 

Ésta es una foto de aquel curso.

    Casi recuerdo cómo estábamos sentados: el Paco Pepe con el Paco Álvarez, el Toni con el Diego, la Cati con la Susi, la Ana con la Gloria, la Paqui con la Mónica, el Bernardo con el Antonio Abril, el Alfonso con el Mon,… y yo con la Loli. Si no menciono al resto es porque no me acuerdo con claridad. 

     En el paso de 5º a 6º se decía que cambiábamos de “etapa”. Supongo que el sistema educativo estaba estructurado de esa manera. El caso es que el cambio de etapa también significaba el cambio de patio en el tiempo del recreo. Antes, el actual patio de primer ciclo estaba separado por unas verjas y una puerta del patio de los actuales 2º y 3er ciclo. Esto nos hacía sentirnos mayores. Ya no jugábamos a cosas “de críos”, sino que los juegos eran “de mayores”, y dedicábamos mucho rato a hablar con las amigas sentadas en los escalones del porche o a estudiar un poco para el examen que quizá había que hacer después del recreo.

    Una de mis maestras en aquellos años fue Doña Susana, extraordinaria enseñando matemáticas. Aprendí muchísimo de ella y la recuerdo con un profundo afecto y admiración. Por las tarde jugábamos a “Cifras y letras”. Éste era el nombre de un programa que ponían todas justo antes de entrar por la tarde al colegio en la segunda cadena. Cuando nos tocaba matemáticas por la tarde, tomábamos los datos del programa y tratábamos de encontrar la solución en clase. De camino a la escuela yo ya intentaba hacer los cálculos mentalmente para ver si al llegar me salía el resultado. 

     Don Jesús, quién fue director por muchos años y todavía lo era cuando yo empecé a trabajar en el año 2003, fue mi maestro de Ciencias Naturales. El libro que llevábamos en su asignatura tenía un apartado de “Ideas básicas” que había que estudiar siempre. Los exámenes llevaban, sobre todo, preguntas de las “Ideas Básicas”, así que si habías estudiado algo cada día, era fácil sacar un 10. Él dictaba las preguntas del examen; nosotros las copiábamos en un folio en blanco y luego las respondíamos. Nada de fotocopias como ahora. 

    Creo que la primera vez que vi una fotocopia, fue en un examen de mi joven maestro de inglés Don Juan Matías. Dichas fotocopias eran de color lila. No vi la máquina que las hacía ni entendí por qué mecanismo funcionaba hasta que hace unos meses, con motivo de una visita a las Escuelas Viejas, Don Luis lo explicó a mis alumnos intentando hacerles ver las diferencias tan grandes entre unos momentos y otros de la historia. Nos explicó como este aparato constituyó un apoyo increíble a la enseñanza. 

    Don Juan Matías, a parte de hablarnos en otro idioma, parecía sacado de otro molde: hacía juegos en clase; creó el rincón de inglés en una de las paredes dónde poníamos cosas de esta asignatura, nos enseñó mucho vocabulario desconocido para nosotros muy útil como “play, stop, rew,…” porque aparecía en todos los equipos de sonido; nos planteaba trabajos de grupo chulísimos en los que teníamos que entrevistar a otras personas en inglés grabándonos en una cinta que luego reproducía en clase; nos traducía canciones de nuestros artistas favoritos que luego escuchábamos,… Así fue como por primera vez entendí lo que decía una canción en otra lengua. Nos tradujo “The wind of change”, de Scorpions (una banda alemana de heavy metal que le encantaba a mi amigo Paco). Era una balada de la que nos sorprendió la letra, pues muchos pensábamos que los grupos de rock duro no tenían temas así. Resuena en mis oídos: 

“ I follow the moskva down to gorky park listening to the wind of change...”

    Doña María José y Doña Antonia fueron mis maestras de lengua aquellos años. Extraordinarias maestras, sin duda. Doña Antonia estuvo de baja unos meses. Su sustituto, un maestro joven, nos enseñó teatro y los de 8º A representamos “Riquete el del Copete”, personaje que tenía que decidirse entre casarse con una hermana fea y lista y otra guapa y tonta (yo hacía de la segunda y me quedé sin marido; mi amiga Susi tuvo más suerte). Los de 8º B “se picaron” y cuando Doña Antonia se reincorporó de nuevo tuvieron que representar otra obra, “El traje nuevo del emperador”, pero por suerte para ellos, esa obra está grabada en vídeo y la nuestra, según me consta, creo que no.


    Don Cristóbal, mi maestro de Ciencias Sociales, era muy serio y muy recto, y creo que nunca le oí alzar la voz. Me encantaba su letra y me inspiraba autoridad, pero jamás miedo, que aunque pueda ser parecido, no es lo mismo.

    Mi maestro Juan Ángel me daba religión. Gracias a él he leído algunas partes de la Biblia. Lo que pasa es que las Biblias aún no estaban adaptadas. En la actualidad tengo una muy buena que ojalá hubiese tenido entonces. 

     Don José Luis, mi maestro de Educación Física, fue mi tutor de 8º. Era muy bueno y cariñoso con nosotros. Nos llevaba a correr a La Rafa, y después nos dejaba un rato jugar en las ruinas de la fábrica de seda que actualmente está convertida en un apartahotel. Años más tarde fue a trabajar al extranjero y no le vi durante mucho tiempo. Hace tan sólo unos meses estuvo en el colegio y me alegré de poder volver a saludarle. 

Esta foto es mi promoción de 8º, antes de marchar al instituto.

    No sé si fue en este año, pero hicimos una Asociación de Alumnos, que por primera vez existía en el colegio. Elegimos a nuestro presidente, que fue "el Toni". Nos ayudaban algunos maestros y llegamos a conseguir algunas cosicas importantes… Recuerdo que en aquellos días querían arrancar los eucaliptos de enfrente del colegio. Estos árboles son los que dan nombre a la calle en la que se encuentra el colegio, pues “murta” es un conjunto de eucaliptos, y por este motivo (imagino), la calle se llama “Paseo de la Murta”. Iba a ser una pena que la Murta se quedara sin eucaliptos, así que a través de nuestra asociación de alumnos planteamos una manifestación en contra de este hecho y nos fuimos con todo el colegio a la puerta del Ayuntamiento. Ante tal hecho, el Alcalde debió reconsiderar su decisión y los árboles no se arrancaron. Para nosotros fue un enorme logro, un gran triunfo, y una forma de aprender, de la mano de nuestros maestros, cómo podíamos involucrarnos en temas serios, cómo nuestra opinión tenía derecho a ser oída y tenida en cuenta, cómo podíamos participar en la vida de nuestra localidad y cómo podíamos manifestarnos pacíficamente por un fin noble como aquél. 

    No sé si fue en 8º, pero hicimos una especie de campamento de invierno en “Los Urrutias”, donde tuvimos la oportunidad de aprender cosas en contacto directo con la naturaleza. Además, dormíamos en un colegio (convertido en albergue), en unas habitaciones con literas, poníamos y quitábamos la mesa y comíamos de lo que nos ponían. Paseábamos por la playa recogiendo conchas para luego clasificarlas, hacíamos lo mismo con semillas recogidas en “El Carmolí”, tomábamos fotografías del atardecer, pasamos alguna noche haciendo gymkanas en la playa, reciclábamos papel, había sala de juegos y televisión… Estuvo realmente genial. 

     Ese año hicimos el viaje de estudios a Galicia. No sé cómo se atrevían a ir tan lejos con nosotros, pero lo cierto es que no era tan arriesgado y contaban siempre con el consentimiento de nuestras familias y con su respeto absoluto en su quehacer como docentes. ¡Qué grandes recuerdos de aquél viaje! Lo más guay: dormir fuera de casa, comer en un restaurante, bailar en la discoteca del hotel por la noche,… jugar a ser mayores cuando teníamos sólo 13 años!

    Terminé mis estudios en el colegio en el año 1993. Allí se quedaban mi hermano Tomás, que había hecho 4º y mi hermano Esteban que ese año empezaría a ir a Parvulitos (que así le llamábamos a la Educación Infantil) en las Escuelas Viejas. En el instituto cursé 3º y 4º de la ESO y 1º y 2º de Bachillerato. Cuando tuve que decidir qué quería estudiar en la universidad tuve muchas dudas y, después de algunos giros que dio mi vida, terminé estudiando la titulación de Maestra en Educación Primaria. Todos mis amigos me lo recomendaban; decían “Pili, tú vales para eso”. 

    Mientras estudiaba en la universidad derribaron las casas de los maestros y adjudicaron la obra del nuevo centro de Educación Infantil a la empresa de encofrados de mi padre, que entonces se dedicaba a eso. Un día, hablando con él cuando la construcción todavía estaba en la fase de la cimentación, le comenté: “¿Imaginas, papá, que algún día trabajase en este centro que tú estás construyendo?” Cuál fue mi sorpresa cuando después de opositar en el año 2003, obtuve plaza y mi primer y definitivo destino fue éste, mi querido colegio, donde empecé siendo maestra de 5 años de un grupo del que fui tutora hasta que terminó en 6º de Primaria. Aquellos alumnos, que hoy día cursan 3º de ESO ocupan un lugar especial en mi corazón. Me enseñaron todo lo que no aprendí en la universidad: a ser “maestra una de verdad”. 

    Cuando en septiembre de 2003 entré por la puerta de este centro me invadieron una serie de recuerdos de golpe que todavía me causan gran emoción. Hacía muchos años que no entraba en el edificio. Jesús, Juan Matías y Juan Ángel, antiguos maestros, ahora eran compañeros de profesión. Era una sensación extraña para mí a la que poco a poco me fui acostumbrando. 

    Si tuviera que resumir en una palabra todos aquellos años, creo que sería CALMA. Todo se hacía con calma, o así lo percibía yo. Y lamentablemente ahora vamos con prisa a todas partes. Mi madre me esperaba en casa con un vaso de leche caliente. Hoy los niños hacen corriendo los deberes porque no pueden llegar tarde a pintura, a solfeo, a natación, a fútbol,… No soy menos feliz por no haber hecho todas esas cosas. En su lugar jugábamos con los amigos en la calle, íbamos a ver un partido de futbito a una pista que había junto al cuartel,… Como mucho, la catequesis, la biblioteca para hacer un trabajo de grupo,… hacer los deberes con alguna amiga,…

    Si puedo utilizar otra palabra más para resumir aquellos años, sería la FELICIDAD. La felicidad de no tener responsabilidades, de vivir el momento, de no tener que hacer planes, ni organizaciones que estructuran el día a día,… como mucho me preocupaba lo que ocurriría la semana siguiente, no mucho más… Es la suerte de la infancia. 

    Me gusta mi trabajo, disfruto de él, me hace feliz ser maestra,… Supongo que sería igual en cualquier parte, pero hoy por hoy lo es mucho más en este centro donde, como dije al principio, crecieron mis padres, los hicimos mis hermanos y yo y lo harán también mis hijos. 

    ¿Con qué me quedo de mi paso por el colegio? Sin duda alguna, con mis amigos. Me siento muy querida por todos ellos, aunque con algunos haya perdido algo de contacto. Y yo también les quiero profundamente. Pasábamos tanto tiempo juntos que, qué mejor que utilizarlo para crear grandes lazos de amistad. En este sentido, soy muy afortunada. 

     Mi gran agradecimiento a todos mis maestros por llevarme por este camino de la enseñanza con tanto acierto. Mil gracias de todo corazón.